sábado, 9 de noviembre de 2013

UN DOMINGO COMO LOS DE ANTES

A veces aparece en mi pensamiento el recuerdo de un domingo como los de antes, cuando paseaba por la ciudad buscando el sol entre las calles y el aire olía a pan caliente recién horneado, no a sabor de baguette recalentado, los parques florecían de personas relajadas que contemplaban los reflejos de la luz del otoño a través del cristal de su retina, los besos sabían a besos de verdad y las sonrisas eran reales, no artificios virtuales. La vida era más sencilla y la gente era feliz con lo poco o mucho que tenía, porque sólo conocían esa vida y no existía un universo virtual paralelo donde siempre tienes la impresión de que algo importante falta en tu vida. Ahora la gente también disfruta de su día de descanso, pero en realidad, todo ha cambiado, pues el domingo puedes hacer exactamente lo mismo que cualquier día de la semana, desde trabajar en tu ordenador hasta  realizar la compra semanal en el supermercado o pasear por el centro comercial, cuando hace años era impensable encontrar un comercio abierto ese día y las ciudades no estaban habitadas por tiendas chinas de todo a un euro que, ni tan siquiera cierran el día de Año Nuevo. No ha pasado tanto tiempo desde la última vez que disfrutamos de un domingo como los de antes y sin embargo, parece que han transcurrido siglos.
 
Aún guardo en mi memoria aquellas comidas familiares de domingo, reunidos todos alrededor de la mesa, donde el plato principal eran nuestras risas y confidencias y no prestábamos atención a aquellos intrusos que no habían sido invitados y que más tarde se convertirían en el anfitrión, como el móvil, el ipad o el televisor. Tampoco puedo olvidar aquellas tardes  dominicales dedicadas a escribir cartas a mi mejor amiga, con mi mejor caligrafía y contando en el calendario los días que tardaría en recibir su respuesta dentro de un sobre perfumado lleno de dibujos coloreados. Existía un tiempo de pausa y espera necesaria que daba emoción e intensidad a cada momento que vivíamos. Todo eso ha desaparecido con la llegada de la tecnología y la inmediatez parece ser la única respuesta a la incesante prisa en la que vivimos instalados. Los móviles  nos obligan a estar disponibles las 24 horas del día y la palabra del ser humano ha perdido todo valor porque con un simple emoticono puedes expresar una sensación de alegría, amor, euforia o tristeza ¿y sabes qué? eso nunca podrá sustituir al calor de lo que de verdad quiere expresar tu corazón.  Y si contamos los 200 amigos que tienes en Facebook, dime ¿con cuántos de ellos quedas para charlar o tomar un café algún día de la semana?. Aunque creas que estás conectado al mundo y a los cinco continentes, la realidad es que estás solo, muy solo.
 
Y ¿cuántas horas al día te pasas mirando la pantalla de tu Smartphone? Ahora no nos permitimos ni un sólo segundo de desconexión, de abandonarnos a hacer simplemente nada y es cuando no hacemos nada cuando de verdad tenemos una conexión real con nosotros mismos, porque las redes sociales demandan nuestra atención constantemente y nos obligan a detallar casi al minuto cada cosa nueva que hacemos, como si estuviéramos retransmitiendo un partido de fútbol de nuestra propia vida donde somos observadores de nosotros mismos, en lugar de dedicar nuestro tiempo a vivir la vida plenamente y si no tienes nada nuevo que contar te lo inventas, porque lo importante es lanzarte al terreno de juego y hacer algo con el balón, aunque ese algo sume cero en el marcador. En tu retina sólo existe la pantalla de tu Smartphone y mientras la miras, en ese momento te pierdes lo mejor, la vida que pasa por tu lado de puntillas.

¿Por qué no vuelves a disfrutar de un domingo como los de antes? Todo el día para dedicárselo a lo que más te guste hacer, pero sin hacer trampas. No vale mirar el móvil cada dos por tres, ni hablar por el chat de facebook o enviar tweets por cada segundo que respiras. Comparte tu tiempo contigo mismo, con tus amigos y con tus seres queridos. Elige sensaciones que llenen tu domingo de felicidad y que te hagan sentir agradecido por todo lo que tienes. Observa la luz del sol, el color de las hojas de otoño al caer y la música que el viento produce al mecer la rama de los árboles. Obsérvate a ti mismo, feliz y disfrutando de los colores que la vida te muestra cada día y que tú mismo puedes colorear si recuperas los lápices con los que quieres dibujar tu destino, ése que tú mismo decidas vivir.

Te invito a vivir un domingo como los de antes, en el que recuperes el protagonismo de tu vida, abandones la prisa constante que siempre te acompaña y des espacio en tu corazón a las cosas bellas y esenciales de la vida. Te invito a vivir tu vida plenamente, a abandonar las emociones virtuales y a saborear intensamente cada experiencia que te suceda. Si esperas la mejor sonrisa de la vida, cada día de tu vida será especial y otra vez podrás disfrutar de un domingo como los de antes.